Las sociedades suelen elegir espejos y
narrativas que les ofrezcan una imagen edulcorada y embellecida. Un extendido
relato sostiene que los uruguayos somos un país con una larga tradición de
puertas abiertas a la inmigración y conformado por familias procedentes de muy
diversas culturas y nacionalidades.
Esta narrativa sufre de serios problemas al
ser contrastada con la evidencia histórica. Oculta que nuestros antepasados
prefirieron, una y otra vez, la inmigración blanca, cristiana y europea y, en
lo posible, calificada y próspera. Nuestra primera ley migratoria de 1890, por
ejemplo, prohibía explícitamente la inmigración asiática y africana.
Décadas más tarde, se aprobarían un decreto
que impedía la entrada al país de extranjeros que carecieran de «recursos
para subsistir por el término de un año» (1932) y la ley 9.604 (1936) que,
reforzada con decretos y ordenanzas posteriores, le cerraría de facto las
puertas a la inmigración masiva de población judía europea, sometida por
entonces a las garras del nazismo.
Hace pocos días, esa narrativa
autocomplaciente volvió a quedar en fuera de juego tras la divulgación de
algunas estadísticas sobre los uruguayos y sus actitudes hacia la inmigración.
La encuesta, realizada por el Programa de
Población de la Facultad de Ciencias Sociales (UDELAR), revela que un 45%
desaprueba la llegada de «inmigrantes extranjeros a vivir aquí».
Adicionalmente, un 49% rechaza la inmigración porque supone una competencia por
puestos de trabajo y un 47% opina que los uruguayos deberían tener preferencia
sobre los extranjeros a la hora de acceder a un servicio básico como la salud.
Al conocerse estos y otros datos similares,
sonaron algunas campanas mediáticas entre asombradas, alarmadas y alarmistas.
Sin embargo, algunos matices son necesarios para evitar la construcción de una
narrativa inversa, una especie leyenda negra sobre los uruguayos y la
inmigración que sería igual de distorsionada que el viejo mito del Uruguay
inclusivo y de puertas abiertas.
En primer lugar, es erróneo deducir que cerca
de la mitad de los uruguayos es chauvinista y xenófoba. La encuesta mencionada
obviamente arroja signos preocupantes pero no dispone de indicadores más
«duros» de xenofobia como, por ejemplo, los vinculados a la
predisposición a entablar vínculos sociales «intensos» con
inmigrantes (vecindad, amistades y pareja entre otros).
Al respecto, en la última edición de la
Encuesta Mundial de Valores sólo un 2% de los uruguayos mencionó que le
molestaría tener inmigrantes como vecinos. Compárese ese guarismo con un 44% de
los coreanos, un 41% de los sudafricanos, un 31% de los turcos o un 32% de los
rusos, entre muchos otros casos.
En segundo lugar, si tuviésemos un
porcentaje de compatriotas con una xenofobia marcada y militante, esta realidad
estaría probablemente cristalizada en movimientos políticos de fuerte retórica
anti-inmigratoria, en sintonía con los partidos de ultra-derecha europeos o el
ala del Partido Republicano encabezada por Donald Trump.
Nada de eso ha ocurrido aquí. A la inversa,
en 2008 y 2014 el país aprobó dos leyes pioneras en la región (18.250 y
19.254), altamente favorables a la inmigración abierta, desmarcándose de su
vieja legislación restrictiva. De todos modos, es una pregunta abierta qué
sucedería con nuestra templada y soterrada xenofobia si el país recibiese a
futuro oleadas masivas de inmigrantes en lugar del modesto volumen que recibe
en la actualidad.
Finalmente, toda encuesta sobre actitudes
debe ser reforzada y complementada por estudios sobre conductas específicas. Al
respecto, la evidencia testimonial sobre las últimas oleadas migratorias
(mayormente latinoamericanas) y su relación con los uruguayos es mixta. En
algunos casos hay vivencias de discriminación frecuentes por el perfil
socio-económico y étnico-racial de los inmigrantes; los dominicanos y los
peruanos son claros ejemplos. En otros casos, hay una buena vinculación en
ámbitos interpersonales pero marcados problemas de inserción en el mercado
laboral, tanto en términos de empleo como salario; algunos casos venezolanos
recogidos por la prensa recientemente parecen encajar bien con este perfil.
Finalmente, hay un sector minoritario con una experiencia migrante
relativamente exitosa, con acceso a puestos de trabajo acordes a su
calificación y con una rápida integración en otras dimensiones.
Si enfrentamos pues al Uruguay a un nuevo
espejo, a uno construido en base a la evidencia disponible, nos toparemos con
una sociedad de claroscuros. Hablamos de una sociedad que sesgó decididamente
el perfil de sus inmigrantes en el pasado y que hoy, si bien cuenta con una
legislación inclusiva, tiene por otro lado un significativo porcentaje de
población que observa la inmigración con temor y recelo y un mercado laboral
que, en general, está lejos de satisfacer los sueños migrantes.
¿Los uruguayos son xenófobos? Algunos datos para discutirlo
26/Jun/2017
El Observador, Por Rafael Porzecanski